Su reciente decisión de distanciarse de Gustavo Sáenz para la campaña de octubre es un salto al vacío.
El intendente de la capital salteña, Emiliano Durand, parece haber iniciado una batalla política que difícilmente pueda ganar. No es complicado darse cuenta que, una vez más, busca distanciarse de Gustavo Sáenz para la campaña de octubre, esto más que una apuesta parece ser es un salto al vacío del jefe comunal. Recordemos su rol en la contundente derrota de mayo pasado ante La Libertad Avanza. Su participación en aquella campaña fue tímida, casi imperceptible, contribuyendo al desastre. Sumado a eso, su pésima gestión al frente de la municipalidad capitalina erosionó la base electoral.
Ese fracaso electoral no fue un hecho aislado sino el puntapié inicial. La Libertad Avanza comenzó a crecer en Salta de manera sostenida desde entonces. Las encuestas actuales incluso la posicionan primera en intención de voto provincial. El escenario es radicalmente distinto al de hace unos meses.
Aparentemente, a Emiliano Durand la sed de revancha por aquella derrota no parece afectarle en lo más mínimo. Otra vez, como si nada hubiera pasado, empieza a gambetear sus obligaciones electorales con el oficialismo. El problema fundamental radica en la paciencia de Gustavo Sáenz. Después del fiasco de mayo, el Gobernador mostró una tolerancia inesperada. Pero esa actitud indulgente tiene un límite muy claro ahora. Sáenz difícilmente volverá a pasar por alto una nueva deserción. Si Durand no participa activa y visiblemente en esta campaña crucial, la ruptura podría ser definitiva e irreversible. Las consecuencias serán inmediatas y severas para el jefe comunal.
Comprender la gravedad de esa posible ruptura exige mirar la realidad financiera municipal. La capital salteña no vive de su propia recaudación, pese al enorme impuestazo aplicado por Durand. Su gestión en materia tributaria ha sido notoriamente deficiente e ineficaz.
La municipalidad no logra generar los recursos suficientes para cubrir sus gastos básicos de funcionamiento. Esta debilidad estructural la hace profundamente dependiente. Depende sí o sí de los fondos provinciales y de los favores políticos del Gobierno. Sin ese apoyo constante, la comuna se derrumbaría en cuestión de semanas. La autonomía financiera es una quimera bajo esta administración.
El poder de Gustavo Sáenz sobre esta situación es absoluto y sencillo de ejercer. Con un solo golpe de lapicera podría cambiar el destino del municipio. Por ejemplo, podría sacar los impuestos municipales de las boletas de servicios de energía. Esa simple medida administrativa tendría un efecto devastador. La ya precaria gestión durandista se caería literalmente a pedazos. Y sin ninguna posibilidad real de recomponerse o encontrar alternativas viables. La supervivencia política de Durand pende de un hilo que Sáenz puede cortar cuando lo desee. Es una posición de extrema vulnerabilidad voluntaria.
Nadie en la política salteña entiende bien a qué está jugando realmente Emiliano Durand. Todos, sin embargo, sospechan cuál es su verdadero objetivo final. Su mira parece estar puesta únicamente en el sillón principal de Grand Bourg.
De acuerdo con su entorno aspira a ser gobernador, pero su razonamiento es un enigma. Es difícil comprender quién pudo hacerle creer que tiene alguna posibilidad real. Los números actuales son implacables y desnudan su debilidad. Las encuestas lo muestran muy lejos de cualquier competitividad seria. Peor aún, los resultados de la última elección capitalina son demoledores. Y menos si se confirma que está conspirando contra Sáenz.
Considerando los pésimos números de Mayo y las actuales encuestas, su futuro pinta oscuro. Sería prácticamente imposible que renueve su mandato como intendente capitalino. Su imagen está demasiado dañada por su gestión y sus actitudes. Llevarlo como candidato a gobernador sería un acto de suicidio político colectivo. Equivaldría a regalarle la provincia a cualquier contrincante medianamente competitivo. Su capital político está en bancarrota, aunque él no lo perciba.
Gustavo Sáenz, esta vez, si se confirma la deserción de Durand, no se lo va a perdonar ni a pasar por alto, comentan en el Grand Bourg. Las consecuencias de esta nueva deslealtad serán concretas y directas. No solo será un freno absoluto para la ilusa aspiración gobernadora de Durand. Será además un obstáculo gigante, casi insalvable, para que concluya su gestión como intendente. La relación está rota y la factura política parece muy cara. Durand ha elegido el camino de la tibieza en el peor momento posible. El costo de una traición se medirá en aislamiento político y debilidad operativa.
Gustavo Sáenz y los Emilianos
La ira de Gustavo Sáenz no se concentra solo en el intendente Emiliano Durand. Existe otra fuente de profundo enojo para el Gobernador, otro Emiliano. La posibilidad de que Emiliano Estrada vuelva a presentarse como candidato a diputado nacional lo tiene furioso. El diputado Estrada se ha erigido como uno de los críticos más duros y constantes de la gestión saenzista. Su oposición es frontal y no rehúye el enfrentamiento directo. Inclusive tuvo la osadía de competir contra el propio Sáenz en las últimas elecciones para gobernador.
Verlo nuevamente en la arena electoral es un desafío personal para Sáenz. Pero lo que realmente multiplica la furia del mandatario es el escenario electoral. La posibilidad real de que Estrada no solo compita, sino que además logre un resultado sólido. Este éxito potencial de su crítico acérrimo le genera un enojo incluso mayor. Mayor quizás que el provocado por las desavenencias con el intendente de la capital. Sáenz se encuentra así lidiando con dos frentes abiertos llevados por «Emilianos». Ambos representan desafíos distintos, pero igualmente irritantes para su proyecto político. La batalla de octubre tiene, para él, nombres y apellidos muy concretos. Y no sorprendería a nadie ver a Gustavo Sáenz encabezando una candidatura en las próximas elecciones.
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