La diputada nacional Eliana Bruno se alejó de la conducción provincial y profundizó la disputa con Alfredo Olmedo y María Emilia Orozco.
La Libertad Avanza Salta exhibe un quiebre interno que trasciende las meras diferencias operativas para convertirse en un cisma político con consecuencias inmediatas. El alejamiento de la diputada nacional Eliana Bruno de la conducción local, liderada por Alfredo Olmedo y María Emilia Orozco, sella la pérdida de un miembro clave y expone la fragilidad de un proyecto que prometía unidad.
Mientras tanto, el concejal Rodrigo Quinteros y la propia Bruno representan un polo disidente que cuestiona abiertamente la gestión del partido, evidenciando que el sueño de la libertad avanza en Salta se desvanece entre disputas de poder.
La declaración de Bruno sobre convertir el partido en una Pyme no es una metáfora menor, sino el reflejo de una administración que prioriza lo mezquino sobre lo estratégico. Olmedo y Orozco insisten en mantener el control férreo de la estructura partidaria, pero sus métodos parecen más adecuados para una pequeña empresa familiar que para un movimiento político con aspiraciones nacionales. El cierre de puertas y la falta de diálogo interno generan un ambiente de desconfianza que ahuyenta a figuras con verdadera llegada a la gente.
La decisión de Bruno de desmarcarse no fue súbita, sino el desenlace de un proceso de erosión donde las formas autoritarias chocaron contra su visión de una política abierta y participativa. Quinteros, por su parte, se suma a este reclamo con una postura crítica que gana terreno entre los afiliados descontentos. La pregunta que surge es si esta ruptura es el principio del fin o simplemente una reconfiguración necesaria dentro del espacio libertario.
Eliana Bruno sostuvo que su trabajo es legislar para Nación y que su lealtad al presidente Javier Milei permanece intacta, pero no así su obediencia al olmedismo provincial. Esta distinción resulta clave porque desnuda el verdadero problema de La Libertad Avanza en Salta, la ausencia de una conducción que armonice con los lineamientos nacionales. La diputada asegura que no dejará de pertenecer al partido, aunque sí se desligará de quienes buscan hacer de la agrupación un negocio rentable y excluyente.
La molestia en el sector oficialista es palpable, pues la pérdida de un miembro con visibilidad nacional resta credibilidad y fuerza electoral para los próximos comicios. Mientras tanto, los seguidores de Olmedo intentan minimizar el impacto, pero las redes sociales ya reflejan el descontento y la división entre los propios militantes de base. La fractura se profundiza cuando Bruno menciona que no comparte la forma de gestionar, legislar y llegar a la gente, términos que resumen un abismo filosófico entre ambas facciones.
Para ella, la política es diálogo y apertura, mientras que para el olmedismo parece ser sinónimo de control y beneficio personal, una dicotomía que no es nueva en el escenario salteño. Esta disputa adquiere relevancia al darse dentro de un espacio que irrumpió con la promesa de renovación, pero que ahora repite viejas prácticas políticas. La diputada insiste en que cerrar puertas no lleva a ningún lado, una frase que encierra una crítica directa a la falta de transparencia interna y a la improvisación en la toma de decisiones.
El concejal Quinteros emerge como un referente alternativo junto a Bruno, configurando un frente que podría absorber a los desencantados del olmedismo y dar nueva vida al proyecto nacional. La puja no es solo por el control del partido, sino por definir su identidad y su futuro electoral en una provincia donde el peronismo y el radicalismo siguen siendo fuerzas predominantes. La pérdida de Bruno no es un hecho aislado, sino el síntoma de una debilidad estructural que el oficialismo nacional deberá observar con atención y sin demoras.
Melo necesita de figuras leales pero también efectivas, y Salta se le complica con esta pelea de gallos que desgasta la imagen del partido ante el electorado indeciso. La Libertad Avanza llega debilitada a un año crucial, y nadie parece dispuesto a ceder en su postura, lo que augura más enfrentamientos públicos. Bruno fue clara al afirmar que su distanciamiento responde a que no compartía las formas del olmedismo y que siempre que respondan al partido pueden abrirse, pero ella no se sumará a una Pyme provincial.
La ironía de su declaración radica en que, al final, ambos bandos buscan el mismo objetivo, el poder, aunque con métodos diametralmente opuestos que generan más ruido que certezas. El tiempo dirá si esta división fortalece o extingue a La Libertad Avanza en Salta, pero por ahora el espectáculo político es más atractivo que los discursos grandilocuentes. La militancia observa con escepticismo, mientras los dirigentes se enfrascan en una guerra que parece no tener vencedores claros ni un horizonte de reconciliación.
La provincia se convierte, una vez más, en el escenario de una crisis partidaria que alimenta el cinismo popular y la desconfianza hacia la clase dirigente en su conjunto. Las próximas semanas serán decisivas para evaluar si la ruptura es definitiva o si el pragmatismo logra recomponer los lazos rotos antes de que el daño sea irreversible. Mientras tanto, el ciudadano común solo atina a sonreír ante el sarcasmo de una dirigencia que se devora a sí misma con una voracidad digna de mejor causa.
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