Con el cierre de listas quedó sellado el final de un linaje que gobernó y usufructuó el poder durante más de 30 años. El ocaso de una familia que parecía eterna.
El apellido Romero fue sinónimo de poder en Salta durante más de treinta años. Desde la gobernación de Juan Carlos, que marcó a fuego la política provincial en los ‘90, hasta la corta Intendencia de Bettina y la banca legislativa de Juan Esteban, el clan construyó un imperio que parecía inquebrantable. Pero todo imperio tiene su caída, y en este caso, la debacle quedó confirmada con el cierre de listas: los Romero se quedan sin cargos.
Juan Carlos, el patriarca, supo ser el gran operador. Gobernador y senador nacional eterno manejó alianzas y traiciones con la frialdad de un ajedrecista. Bettina, su hija, intentó ser la heredera política desde la intendencia de la capital, pero su gestión la dejó más cerca del olvido que de la renovación. Juan Esteban, el hijo varón, pasó casi inadvertido en la Legislatura. Hoy los tres quedaron afuera de la disputa.
La caída no es casual. La sociedad salteña, harta de apellidos repetidos y de una política patrimonialista, cerró filas contra el continuismo. El poder real de los Romero, que durante décadas fue capaz de poner y sacar candidatos a su antojo, se fue licuando elección tras elección, hasta quedar reducido a un recuerdo con olor a naftalina.
Los tiempos cambiaron y la vieja estructura ya no tiene la fuerza de antes. Los nuevos actores, con todos sus defectos y contradicciones, desplazaron a una dinastía que creyó ser eterna. Hoy, mientras otros disputan protagonismo en las listas nacionales, los Romero miran desde afuera, sin banca, sin micrófono y sin tribuna.
El fin de los Romero no solo marca el cierre de un ciclo político: es también la confirmación (esperemos) de que la política salteña, aunque lenta y contradictoria, es capaz de jubilar a quienes confundieron poder con herencia.
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