El Arzobispo de Salta, durante la homilía, interpeló a la dirigencia, condenó la corrupción y la agresividad en el debate público.
La renovación del Pacto de Fidelidad volvió a tener este año una dimensión que excedió largamente el terreno religioso. Frente a una multitud y con Gustavo Sáenz y Victoria Villaruel entre los presentes, el arzobispo de Salta, monseñor Mario Antonio Cargnello, utilizó su homilía para poner sobre la mesa algunos de los principales conflictos de la vida pública: la división social, la agresividad en el debate, la pérdida de confianza, la corrupción, el narcotráfico y la situación de los sectores más vulnerables.
Aunque el mensaje estuvo atravesado por referencias religiosas y por el pedido de paz, hubo varios pasajes con una clara dimensión institucional. Cargnello no habló de partidos ni dirigió sus críticas a un dirigente en particular. Su interpelación fue más amplia: apuntó a la forma en que la sociedad y sus dirigentes construyen los vínculos y ejercen sus responsabilidades.
Una sociedad atravesada por la división
El primer eje apareció desde el comienzo de la homilía. Cargnello describió una sociedad atravesada por la fragmentación y señaló que existe división “entre hermanos, en nuestras familias, en nuestros pueblos, en nuestro país, en el mundo”.
Desde allí, el arzobispo planteó la necesidad de recuperar la paz y cuestionó las formas agresivas de discusión pública. En otro tramo de su mensaje sostuvo que “la agresión es signo de debilidad y no de fortaleza” y reclamó que quienes tienen responsabilidades de conducción sean capaces de construir puentes de reconciliación.
La definición adquiere una dimensión política porque no quedó limitada a las relaciones personales. Cargnello vinculó directamente la calidad de los vínculos sociales con el comportamiento de quienes ocupan lugares de liderazgo.
La mentira y la pérdida de confianza
Uno de los pasajes más duros estuvo dedicado a la mentira. Cargnello sostuvo que no se trata solamente de un problema individual, sino de una práctica que termina afectando la estructura de la sociedad. “La mentira corroe y destruye el vínculo entre las personas, enferma la vida de las familias, destruye la confianza, corrompe y prostituye la economía y la política”, afirmó.
Para el arzobispo, la pérdida de confianza tiene consecuencias concretas sobre la vida colectiva y termina deteriorando las instituciones y los vínculos sociales. En ese contexto, llamó a “devolver la verdad” a los vínculos y presentó al Pacto de Fidelidad como un compromiso que también implica una responsabilidad frente a los demás.
El narcotráfico: el momento más contundente
Pero el tramo de mayor intensidad política y social llegó cuando Cargnello habló de la droga.El arzobispo pidió no naturalizar “el uso y la difusión de la droga que está haciendo estragos entre nuestros jóvenes, y también entre niños”. Luego lanzó una de las definiciones más fuertes de su homilía: “El narcotráfico es genocida”.
A partir de allí, su mensaje se convirtió en un reclamo directo. “Ser cómplices de ese negocio infame es un pecado gravísimo, es un pecado que clama al cielo”, afirmó. Y repitió tres veces una consigna: “¡Basta!”. El pedido fue realizado en nombre de quienes murieron como consecuencia de las drogas, de los jóvenes que intentan salir de las adicciones y de las familias que enfrentan sus consecuencias. También mencionó a las familias que ven crecer la pobreza y a los jóvenes que, según sus palabras, terminan “bajo nuestros puentes”. El mensaje puso así en primer plano una problemática que atraviesa especialmente a los barrios y que interpela tanto a las instituciones como a la sociedad.
Corrupción y justicia
El narcotráfico fue vinculado por Cargnello con otro de los conceptos centrales de su mensaje: la corrupción. El arzobispo llamó a trabajar “fuerte y sostenidamente” por la justicia y pidió erradicar “la corrupción en cualquiera de sus formas”. No planteó la cuestión como una disputa partidaria, sino como una responsabilidad colectiva. “Seamos capaces de soñar en una Argentina mejor”, exhortó.
Otro de los ejes fue la defensa de la vida. Cargnello sostuvo que una comunidad no puede considerarse plenamente justa si deja en la sombra al niño por nacer, al anciano, al enfermo o a quienes dependen del cuidado de otros. “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización”, afirmó.
El arzobispo sostuvo además que la vida debe ser reconocida y protegida “desde su concepción hasta su ocaso natural” y relacionó esa obligación con la responsabilidad de una sociedad frente a quienes atraviesan situaciones de mayor fragilidad.
Se trata de una definición que forma parte de una posición doctrinal de la Iglesia, pero que Cargnello presentó también como un parámetro para medir la justicia y la calidad moral de una sociedad.
El Intra




