El Consejo de Seguridad perfila una contienda que podría quebrar ocho décadas de liderazgo masculino al frente del organismo.
A pocos meses de que finalice el segundo mandato de António Guterres, los pasillos de las Naciones Unidas atraviesan un punto de inflexión decisivo que va mucho más allá de la mera diplomacia. Con la sucesión abierta y la región de América Latina posicionada por tradición para ocupar el máximo sillón, la posibilidad real de que una mujer encabeza el organismo por primera vez en sus más de ochenta años de historia cobró una fuerza inusitada.
Esta presión institucional no surge en el vacío: coincide con las lapidarias advertencias de ONU Mujeres, que revelan un escenario global donde la paridad parlamentaria se vislumbra recién para finales de este siglo y cerrar la brecha de género general demandará más de siglo y medio.
Voces de peso internacional, como la de la alta funcionaria Sarah Hendriks y mandatarios de diversos continentes, han señalado la profunda contradicción de exigirle al mundo romper techos de cristal mientras la propia organización mantiene intactos los suyos.
En las recientes votaciones informales del Consejo de Seguridad, candidatas de alto perfil como la costarricense Rebeca Grynspan y la guyanesa Caroline Rodrigues-Birkett se ubicaron al frente de las preferencias, midiendo fuerzas en una terna que también incluye al argentino Rafael Grossi.
Si bien la última palabra la tendrá una Asamblea General condicionada por el histórico poder de veto de las potencias permanentes, el debate actual pone sobre la mesa qué tipo de multilateralismo y credibilidad institucional buscará proyectar la ONU para las próximas décadas frente a un mundo que, según advierten sus propios líderes, corre el riesgo de codificar la desigualdad en el corazón de su futuro tecnológico y político.
(Con información de Ámbito)




