Ayer se ha producido la penúltima deserción en ese irregular «frente» registrado con el extraño nombre de Fuerza Patria.
El partido Unidad Popular, por medio de su portavoz, señor Daniel Escotorín, ha justificado la salida de su partido del frente en cuestión diciendo que las fuerzas políticas que lo integran «no le dieron a la sociedad las respuestas que necesita». De algún modo, Escotorín ha calificado a Urtubey como «vieja figura recuperada».
La salida de Unidad Popular se suma así a la del Frente Grande, a la del Partido del Trabajo y del Pueblo, de Verónica Lía Caliva; y, sobre todo, a la del Partido de la Victoria, que muy atinadamente ha preferido sostener la primera candidatura a senador nacional de Sergio Napoleón Leavy, quien criticó abiertamente el mesianismo de Urtubey.
¡Ay, la ideología!
Pero no han sido el personalismo o la egolatría del exgobernador, o su propensión a cambiar de afectos rápidamente, lo que ha dinamitado la precaria estructura que lo sostenía.
Aunque parezca mentira, lo que ha influido aquí, y mucho, es la ideología.
Escotorín, lo mismo que Leavy, Verónica Lía Caliva, o que Elia Fernández –que ha calificado a Urtubey como «delincuente»–, no piensan en él como un señorito conservador de la vieja escuela o como un liberal ilustrado vinculado a los sectores aristocráticos más elitistas de Salta. Más bien, lo consideran un aventajado joven joseantoniano, empeñado en higienizar el pensamiento vernáculo y en rescatar para la posteridad la idea romana de «religión política».
Todos ellos –algunos más que otros– se han dado cuenta de que Urtubey representa todo lo contrario al pensamiento de la izquierda más ilustrada y menos dogmática, y de que por mucho que haga esfuerzos por mostrarse –sobre todo en las entrevistas de televisión que concede en Buenos Aires– cercano a posiciones progresistas, al final, su discurso oportunista y calculado siempre deja escapar unos hilos del pensamiento de la Falange, como sucedió aquella vez en la que dijo (a un judío, además) que los guetos se erigieron como medida de «autoprotección de las minorías» y no por imposición de los tiranos genocidas y como paso previo al exterminio.
La casa común peronista
Hay un solo elemento que permite a Urtubey falsificarse como «izquierdista» y ese elemento es el peronismo.
El caos existencial del movimiento fundado por Juan Domingo Perón en la década de los 40 siempre ha constituido el caldo de cultivo ideal para que el fascismo peninsular, de raíz nacional-católica, despliegue sus tácticas y sus argumentos en la Argentina, sin levantar demasiadas sospechas e, incluso, rechazando cualquier parecido o parentesco con el pensamiento original.
Pero los izquierdistas de Salta conocen el disfraz a la perfección. Son especialmente sensibles a las falsificaciones; entre otros motivos porque, ellos, no solo presumen de ser auténticos sino que en buena medida lo son. Y como auténticos que son, rechazan pactar con quienes firman con su mano izquierda lo que luego su mano derecha va a borrar muy rápidamente.
Por tanto, no sorprende que varios partidos políticos hayan decidido abandonar Fuerza Patria tras la confirmación de la candidatura de Urtubey. Lo que sorprende es que lo hayan hecho tan rápido. La velocidad de esta salida indica que el cortocircuito ideológico ha sido inmediato.
Razones políticas y no ideológicas
Descartada la izquierda, las posibilidades de que Urtubey atraiga votos del peronismo más tradicional de Salta son realmente escasas; aunque en este caso no son razones ideológicas sino políticas las que inducen a pensar en una retirada masiva de apoyos.
A casi seis años de su salida del gobierno de Salta y del ruidoso fracaso de su aventura presidencial, Urtubey es una figura resistida, no solo por su pose doctoral (que intenta disimular utilizando malas palabras cuando habla con esa voz que tan poco le ayuda), sino porque tras de sí solo hay oscuridad. Una oscuridad que se esparce de manera densa y uniforme sobre las cuentas públicas, las obras no concluidas, los préstamos internacionales desaparecidos, los manejos discrecionales de los recursos públicos, los crímenes irresueltos, pero que especialmente se pone de manifiesto en la dispersión del peronismo salteño, que sufrió durante su mandato, mucho más de lo que pudo haber sufrido en los 70 años anteriores.
Urtubey no cuenta con la izquierda, no cuenta con el peronismo y es mirado con justificado recelo por los kirchneristas. Por tanto, solo le queda invocar el espíritu errante del fusilado José Antonio, porque, tal vez, el hijo de don Miguel tenga en Salta –además del candidato a senador nacional y de algún otro pariente suyo– seguidores en buen número.
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