Emilia Orozco, presidenta de la Comisión de Libertad de Expresión, echó e insultó a un periodista

Resulta profundamente curioso que la diputada Emilia Orozco se autoproclame árbitro supremo de la bondad ciudadana.

La diputada nacional Emilia Orozco, de La Libertad Avanza Salta, continúa su imparable carrera hacia el título de «Figura Pública Más Bochornosa del Año». Su última hazaña, digna de un manual de lo que no debe hacer, combina insultos por la red social X y la expulsión física de un periodista. Imaginen a la presidenta de la Comisión de Libertad de Expresión de la Cámara de Diputados, repito, Libertad de Expresión, echando a un profesional con el argumento de que «este es un lugar para la gente de bien y vos no sos gente bien». Parece un chiste, probablemente uno de salón que ella considera solo apto para «gente bien».

Resulta profundamente curioso que la diputada Orozco se autoproclame árbitro supremo de la bondad ciudadana. Su capacidad de medir la decencia parece más floja que la defensa de Boca. Hace apenas una semana, su concepto de «gente bien» incluía al concejal Pablo López, actualmente acusado de violencia sexual y de género. Compartían sonrisas y fotos entonces, claro está. Ahora que López está más solo que un perro de esos malos que te ladra cuando pasas por la vereda, ese entusiasmo mutuo se esfumó como por arte de magia. Qué rápido cambian las prioridades morales cuando la foto se vuelve tóxica.

Uno se pregunta inevitablemente si la propia diputada encaja en su exclusivo club de la virtud. Recordemos algunos detalles incómodos. Está señalada de tener conocimiento sobre las presuntas agresiones de López hacia su pareja y no actuar. Además, enfrenta una denuncia formal ante la justicia. Se le acusa de presionar a empleados públicos nacionales para que aporten dinero a su partido, so pena de perder sus empleos. Una táctica de recaudación poco ortodoxa, por decir lo mínimo. Por supuesto, esa denuncia avanza como un glaciar en el mar de dulce de leche. ¡Oh, benditos fueros parlamentarios que blindan contra citaciones a declarar!

Un desempeño pobre y contradictorio

El colmo del cinismo es su desempeño, o más bien su absoluta falta de él, al frente de la Comisión de Libertad de Expresión. Hace casi un año que esta comisión, vital para la democracia, no funciona. ¿La razón? La presidenta Emilia Orozco sencillamente decidió no convocarla jamás. Ahora todo cobra un sentido perverso y revelador. Su concepto de libertad de expresión se reduce a la libertad de expresarse solo ella, y solo lo que le conviene. No cree en el debate, cree en el monólogo; no promueve el intercambio, impone el silencio a los disidentes.

Esta epifanía explica su reacción histérica ante los periodistas que osan cuestionarla. Para la diputada, la libertad de prensa parece significar únicamente la libertad de la prensa que la adula incondicionalmente. Cualquier otro, cualquier profesional que ejerza su derecho a preguntar o criticar, es automáticamente expulsado del reino de los «buenos». Su criterio para definir la bondad es tan subjetivo como sus estados de ánimo y tan criticable como su gestión fantasma en la comisión que preside.

Autoritarismo disfrazado de libertad

La situación alcanza niveles de absurdo dignos de una tragicomedia. Tenemos a una legisladora que prácticamente no trabaja, que paraliza una comisión clave, que rehúye el diálogo con medios no afines y que, para rematar la faena, canaliza su publicidad oficial a través de un sospechoso diario digital de dudosa reputación. Y esta misma persona, con un historial así de peculiar, se autocalifica sin rubor como «persona de bien». La audacia, hay que reconocerlo, es monumental, casi admirable en su descaro.

¿Qué clase de ejemplo ofrece la señora Orozco desde su altísimo pedestal de virtud autodeclarada? Su mensaje es claro y peligroso: el poder te otorga el derecho a etiquetar, a excluir, a silenciar. El periodista incómodo no es «gente bien», el denunciante es un estorbo, la comisión es un trámite prescindible. Su mundo es binario y excluyente, donde ella y sus aliados momentáneos poseen el monopolio de la moral. Es una visión profundamente autoritaria disfrazada de superioridad ética.

El verdadero papelón, más allá de los insultos y las expulsiones bochornosas, es el espectáculo de ver a quien debería defender las libertades fundamentales pisotearlas con tanto entusiasmo. Su presidencia de la Comisión de Libertad de Expresión se ha convertido en la burla más cruel al propio concepto que dice representar. Quizás debería renombrarla como la Comisión de Libertad de Expresión Selectiva, según el Capricho de la Presidenta. Al menos así seríamos honestos con el grotesco reality show que nos ofrece. La pregunta que queda flotando es si sus votantes, los verdaderos dueños de su banca, consideran este circo como propio de «gente bien».

El Intra