Los juegos de poder de la política nacional: el precio que pagará Salta por su relación con el kirchnerismo

Los que creyeron que con el ocaso de Urtubey se terminaría en Salta el largo periodo de juegos de poder y ambiciones personales que ha sumido a un millón y medio de salteños en el atraso y a casi la mitad en la pobreza, se han dado de bruces con la realidad.

El juguete erótico del poder no ha perdido uno solo de sus atractivos y quienes durante años se han criado silenciosamente en las húmedas sombras de los dos grandes sultanes de la política lugareña demuestran hoy con gestos inequívocos que están dispuestos a seguir la huella de sus antecesores, antes que hacer el esfuerzo de colocar a Salta en la senda de las reformas y del futuro. Basta con ver los movimientos internos dentro del Partido Justicialista de Salta para explicar y darse cuenta de lo que está ocurriendo en los entresijos del poder.
Mientras los salteños pugnan por mostrarse diferentes y únicos a los ojos del mundo (el güemesianismo más esteril ha vuelto a la carga con su conocido arrebato de simbolismo sin sustancia), la salteñidad bulle agitada por las disputas ideológicas que no se originan en Salta, que no reflejan la idiosincrasia de sus habitantes, sino que se producen a miles de kilómetros de distancia. Para algunos es más importante sentirse parte de la gran «grieta» que trabajar para que los problemas que nos distinguen y nos identifican (que son los que de verdad nos hacen únicos en el mundo) se solucionen de una forma rápida y efectiva.

Los salteños, con su gobierno a la cabeza, se llenan la boca hablando de «federalismo», pero no para reivindicar mayores espacios de autodeterminación o instituciones diferentes a las comunes, sino para conseguir que el poder nacional intervenga cada vez más en nuestra realidad, para que influya cada vez más en los asuntos locales, a los que cierta clase de políticos que no son salteños mira y ha mirado siempre con desdén, cuando no con manifiesto desprecio.

Salta necesita hoy más libertad que nunca. La necesita para mejorar su política, para desarrollar su economía, para aumentar la satisfacción de sus ciudadanos, para incrementar su calidad de vida y sus expectativas de futuro, para superar problemas graves como la pobreza, el aislamiento o la escasa capacidad competitiva de nuestras unidades productivas.

Los salteños pueden, por supuesto, elegir el color de pañuelo que quieran; pero, si lo hacen, deben darse cuenta de que su adhesión a las grandes disputas ideológicas retrasará las soluciones que Salta necesita con urgencia. Ninguno de los dos bandos enfrentados a nivel nacional tiene la receta justa y precisa para superar nuestros problemas locales. Aunque el gobierno nacional nos tiente con la chequera (siempre lo hace, cualquiera sea su signo político), el enfrentamiento ideológico exacerbado -pieza central de la estrategia kirchnerista- no parece la opción más aconsejable en estos momentos.

Lo que molesta, y mucho, es que el mismo gobierno que alcanzó el poder con los votos convencidos de una parte de la ciudadanía que descreyó abiertamente del kirchnerismo y de sus planteamientos populistas, traicione a quienes lo votaron y decida que Salta sea una provincia kirchnerista, sin que esta etiqueta alcance para aclarar de qué forma o en qué tiempo se van a solucionar nuestros problemas colectivos.

No pretendemos decir con esto que el «macrismo» (una versión diferente del mismo populismo intervencionista) sea mejor; ni siquiera que sea bueno para Salta. Los que aún descreen del gobierno nacional no tienen -así ha quedado demostrado- la clave para solucionar nuestros problemas.

Lo que queremos decir es que de un gobierno electo por un sector de la ciudadanía se espera, como mínimo, que no traicione los fundamentos de su oferta electoral. El mismo razonamiento es aplicable a la oposición, de la que se espera que, sin faltar a la debida lealtad institucional, mantenga una posición discrepante y firme -no oscilante- frente a gobiernos que han sido elegidos con los votos del antagonista político. Unos y otros deben enfrentarse (no mezclarse) y deben sentarse a dialogar, sin renunciar a sus convicciones pero mostrándose dispuestos a hacer concesiones. La política de Salta no conoce de concesiones sino de rendiciones humillantes que acarrean la desaparición del oponente. Así, la política no funciona.

Los juegos de poder de la política nacional no pueden desembarcar en Salta sin que los salteños seamos capaces de adoptar antes elementales precauciones. De no hacerlo, corremos el riesgo de que nuestras particularidades se diluyan, que las reformas institucionales y económicas que necesita Salta se posterguen una vez más y que las divisiones políticas se acentúen en perjuicio de los compromisos y los acuerdos que la gravedad de nuestros problemas aconseja adoptar.

Entre nosotros siempre ha cundido la creencia de que la de gobernar es una tarea ardua, pero que hacer oposición es lo más fácil del mundo. Tenemos que conseguir que nuestra política evolucione en una dirección en que la tarea de gobierno sea cada vez más fácil y transparente, mientras que el ejercicio de la oposición sea más difícil, más comprometido y más responsable.

Pero para evolucionar en esta dirección es necesario tener las cosas claras; es decir, saber con seguridad que el que gobierna respetará sus compromisos electorales y que no cambiará de bando por razones económicas o para obtener ventajas políticas de corto plazo. Y saber también que los opositores no darán el salto al bando contrario, por un puesto de trabajo o por la concesión de prebendas de cualquier naturaleza.

Da igual quién gobierne. Si el actual Gobernador hubiese sido electo con los votos kirchneristas y a poco de empezar resolviera pasarse al bando contrario estaríamos en la misma situación. Una situación en la que no solo la gobernabilidad se vuelve imposible (aunque favorezca la acumulación de poder) y en la que las carencias, sueños y expectativas de futuro de los salteños pasan necesariamente a ocupar un segundo plano.

Fuente: Noticias Iruya