En La Poma, segundo invernadero más alto del mundo. El otro en Nepal

Alejandro Soriano, el pomeño que tiene el segundo invernadero más alto del mundo, ya tiene brotes verdes.
La historia de este hombre se hizo famosa a fines de noviembre del año pasado cuando se supo que Soriano estaba construyendo un espacio de cultivos de frutas y hortalizas a 3965 metros sobre el nivel del mar, en un paraje de La Poma llamado Corral Negro, recostado sobre la ladera del Nevado del Acay.

El recurso periodístico se completó con el único antecedente, que figura en el Instituto Smithsoniano, sobre otro invernadero ubicado en el campamento base de un pueblito llamado Pangboche, en Nepal, a 3.992 metros de altura sobre el nivel del mar, propiedad de un sherpa del Himalaya. Por 27 metros la obra de Soriano es la segunda más alta del mundo.

Ahora bien, a fines noviembre pedía de manera urgente semillas. Todo su capital fue invertido en la obra y en la compra de un plástico para el techo que no era el más recomendable, pero que fue lo que alcanzó con el dinero que tenía.

Con la nota salieron las manos solidarias de los salteños y salteñas y le aportaron a Soriano lo que necesitaba.
“Después de la nota periodística fueron muchos los llamados y mensajes de felicitaciones por la iniciativa. Pero quiero agradecer a dos personas que me donaron semillas. Una es doña Teresa y el otro es don Joaquín. Me dieron 24 clases de semillas que rápidamente las puse y ya están creciendo. En breve tendremos las primeras cosechas”, le dijo contento el vallisto a El Tribuno.

Contó que ya tiene los primeros brotes verdes de acelga, lechuga, zapallo, repollo, brócoli, berenjenas, zapallos, zapallitos y calabaza. Además tiene frutillas, sandías y melones; todas las plantas con gran avance.

El invernadero de Soriano está construido a una gran altura donde prácticamente no hay plantas. Se nutre de abono natural ya que el hombre tiene cabras y además tiene el agua de las vertientes del arroyo Peñas Blancas.

Es decir que es totalmente orgánico porque no utiliza ningún tipo de agroquímicos.

Además cultiva a cielo abierto papas, cebollas, habas y arvejas desde hace mucho tiempo.
La construcción aprovecha la ladera de la montaña para resguardarse de los vientos y tiene una base de piedra con paredes de adobe. Tiene 4 metros ancho por 12 y tiene capacidad para 12 canteros.

“Yo estoy muy agradecido a estas dos personas que me mandaron las semillas. Don Joaquín hasta me mandó almácigos. También agradezco a mi mujer Antonella y a mi hijo Willy que siempre me ayudan en todo. A mi niño le encanta venir y ver cómo van creciendo las plantitas. Yo creo que a todos los niños y niñas hay que enseñarles los conocimientos de huertas. Es por eso que tengo un proyecto para construir un invernadero en la escuela de El Saladillo”, dijo el hombre que cursó su primaria en esa institución educativa.

Cuando la directora de esa escuela vio la nota se comunicó inmediatamente con Soriano para expresarle la intención de realizar las compras para el comedor.

“Muchos se comunicaron para decirme que me comprarían mis verduras, pero creo que con el volumen que necesita la escuela ya tengo ubicada mi producción. No hay nada más lindo que los niños coman verduras saludables y frescas”, dijo el hombre.

Con el segundo bono nacional que le dieron del Potenciar, Soriano compró el plástico que es recomendable para la zona de vientos blancos. Uno de 200 micrones, de 4 por 25 metros, que cuestan al día de hoy 20 mil pesos. Todos los recursos salieron de ese plan estatal. No obtuvo más ayuda oficial ni de la Municipalidad ni del Gobierno provincial.

“El deseo mío es seguir construyendo más invernaderos porque este ya quedó chico antes de la primera cosecha”, ríe. “Quiero construir uno en la escuela con los niños para que la directora no tenga que comprar y que además se promueva el amor por la Tierra. Y además quiero construir un segundo invernadero porque es mucha la gente que quiere comer frutas y verduras saludables libre de productos agroquímicos”, concluyó Soriano.

Recuerdo y añoranza

“Cuando yo iba a la escuela el maestro Laime construyó un invernadero y un gallinero”, recuerd el hombre. 
“Todos los días teníamos alimentos frescos para comer. Sacábamos los huevos, las verduras que nos hacían falta y las frutas para el postre. Esa era una cuestión cotidiana que yo quiero que tengan los niños de ahora. Y quiero hacerlo en la escuela de El Saladillo porque es necesario que los niños tengan arraigo a su territorio, que no emigren a las ciudades y que sepan que lo más sano está en estas tierras”, concluyó el hombre.

Fuente: El Tribuno